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griega · héroe

Penteo

El rey de Tebas que intentó reprimir a Dioniso, fue a observar a sus fieles y murió despedazado por su propia madre.

muerto por
Ágave — en el frenesí báquico
rival
Dioniso
símbolos
el tirso, la piel moteada de cervatillo, el vestido de mujer

El sucesor de Cadmo

Penteo posee el reino que perteneció a Cadmo. Sus padres son Ágave y Equión, y Apolodoro lo presenta por su nacimiento y por su sucesión: es un hijo que ha heredado el poder antes de convertirse en adversario de Dioniso. La posición real y el vínculo familiar son inseparables de la muerte que sigue. La mujer que lo despedaza es su madre; la ciudad cuyo gobernante intenta detener los ritos báquicos es la que recibió de Cadmo.

Apolodoro comprime todo el episodio en una sola frase. Penteo intenta detener las celebraciones, va al Citerón a espiar a las bacantes y es desmembrado por Ágave. El relato da un objeto concreto a la locura de ella: lo toma por una fiera.

Πενθεὺς δὲ γεννηθεὶς ἐξ Ἀγαυῆς Ἐχίονι, παρὰ Κάδμου εἰληφὼς τὴν βασιλείαν, διεκώλυε ταῦτα γίνεσθαι, καὶ παραγενόμενος εἰς Κιθαιρῶνα τῶν Βακχῶν κατάσκοπος ὑπὸ τῆς μητρὸς Ἀγαυῆς κατὰ μανίαν ἐμελίσθη· ἐνόμισε γὰρ αὐτὸν θηρίον εἶναι

«Penteo, a quien Ágave había dado a luz con Equión, había sucedido a Cadmo en el reino e intentaba poner fin a estos actos. Y al llegar al Citerón para espiar a las bacantes, fue despedazado por su madre Ágave en un ataque de locura; pues ella creyó que era una fiera.» — Apolodoro, Biblioteca 3.5.2, a partir de la traducción inglesa de J. G. Frazer

El viaje cambia su papel en la historia. Al principio es el rey que pretende impedir los ritos; en el Citerón es el observador que se ha situado entre las personas a quienes quiere observar. Apolodoro no describe una batalla entre el rey y un dios. Su resistencia termina a manos de su madre, incapaz de reconocer a quien mata. El relato une autoridad política, observación secreta y reconocimiento familiar quebrado sin detenerse entre ellos.

Un rey vestido para mirar

Las Bacantes de Eurípides dan otra escala al camino hacia esa muerte. En el diálogo de los versos 810–835, Dioniso pregunta si Penteo quiere ver a las mujeres en la montaña. Penteo está dispuesto a pagar un gran peso de oro por contemplarlas. Dice que verlo le dolería si están ebrias, pero aun así quiere mirar; propone sentarse en silencio bajo los abetos. El deseo de observar sobrevive a su desaprobación declarada.

Dioniso ofrece una manera de ir y pone como condición la vestimenta. Un hombre descubierto entre las mujeres podría morir, le dice a Penteo, de modo que el rey debe vestirse de mujer. Penteo cuestiona el cambio y siente vergüenza, pero sigue preguntando cómo irá vestido. Dioniso enumera el atuendo: cabello largo, un vestido hasta los pies, una cinta en la cabeza, un tirso en la mano y una piel moteada de cervatillo. Las prendas que Penteo se pone para observar a las bacantes son las que introducen su apariencia en el mundo de ellas.

En los versos 918–922 ha cambiado lo que el propio Penteo dice ver. Ve el sol duplicado, Tebas duplicada y cuernos en la cabeza del guía que tiene delante:

καὶ μὴν ὁρᾶν μοι δύο μὲν ἡλίους δοκῶ, δισσὰς δὲ Θήβας καὶ πόλισμʼ ἑπτάστομον· καὶ ταῦρος ἡμῖν πρόσθεν ἡγεῖσθαι δοκεῖς καὶ σῷ κέρατα κρατὶ προσπεφυκέναι. ἀλλʼ ἦ ποτʼ ἦσθα θήρ; τεταύρωσαι γὰρ οὖν.

«¡Sí, y mis ojos ven con claridad! Ese sol brilla doble en el cielo, dobles son Tebas y el muro de las Siete Puertas… ¿Y es un toro salvaje este que camina y espera delante de mí? ¡Tienes cuernos en la frente! ¿Qué eres, hombre o bestia? ¡Pues ahora sin duda el toro está en ti!» — Eurípides, Bacantes 918–922, a partir de la traducción inglesa de Gilbert Murray

Quería un escondite desde el que examinar a las mujeres. Ahora el observador no puede confiar en la forma de la ciudad ni en la figura que lo guía. Los dos soles y las dos ciudades pertenecen a la visión que relata; el toro es la forma en que percibe a Dioniso. Penteo sigue haciendo preguntas, pero se refieren a lo que sus ojos le muestran, no a cómo ejercer su poder. El disfraz del rey y su vista alterada hacen del viaje al Citerón algo más que una inspección secreta.

La madre que ve una fiera

El error en el momento de la muerte es de Ágave. En Apolodoro ve una fiera donde está su hijo y lo despedaza en la locura. Al concluir, ese relato breve la deja dentro del error. Eurípides lleva el reconocimiento a escena: en los versos 1280–1284, Ágave pregunta qué lleva entre las manos, y Cadmo le dice que lo examine. Le pregunta si parece un león. La respuesta nombra al muerto:

οὔκ, ἀλλὰ Πενθέως ἡ τάλαινʼ ἔχω κάρα.

«¡No; es la cabeza —oh, dios— de Penteo!» — Eurípides, Bacantes 1284, a partir de la traducción inglesa de Gilbert Murray

La diferencia entre los relatos está en lo que cada uno permite comprender a Ágave. Apolodoro identifica a la víctima para el lector mientras explica que quien mata lo confunde con un animal. En Eurípides debe identificarlo ella misma. La pregunta de Cadmo transforma lo que sostiene: de una aparente fiera a la cabeza de su hijo; el reconocimiento forma parte de la catástrofe, en lugar de ser un dato aportado solamente por el narrador.

La historia de Penteo pasa por estos actos de visión. Va a la montaña a mirar a las bacantes; de camino relata un mundo duplicado y un guía con forma de toro; su madre ve una fiera cuando lo mata y después reconoce a Penteo en lo que sostiene. La descendencia real le da la ciudad, pero no preserva su autoridad sobre los ritos ni su identidad a los ojos de su madre. El nombre recuperado al final pertenece al hijo que ella ya ha perdido.

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