Kagutsuchi es la deidad del fuego, y es el punto en que la creación de Japón deja de ir bien. Izanagi e Izanami han engendrado las islas y luego una larga serie de dioses sin contratiempos; Kagutsuchi es el último, y al parirlo su madre se abrasa hasta enfermar y morir. Incluso su agonía produce divinidades: de su vómito, de sus heces y de su orina salen dioses del metal, de la arcilla y del agua, que son justamente las cosas con las que se apaga un fuego.
La reacción de Izanagi es inmediata e inútil. Desenvaina la espada y decapita a su propio hijo recién nacido.
於是伊耶那岐命,拔所御佩之十拳釼,斬其子迦具土神之頸
«desenvainando el sable de diez palmos que llevaba augustamente ceñido, cortó la cabeza de su hijo, la Deidad Anciano-Resplandeciente» — Kojiki, secc. VIII; versión española a partir de la traducción inglesa de Basil Hall Chamberlain (1882)
El kanbun lo nombra donde Chamberlain no lo hace: 迦具土神, Kagutsuchi, en la frase misma. Chamberlain traduce los teónimos japoneses como calcos ingleses, de modo que el mismo dios aparece en su inglés como «la Deidad Anciano-Resplandeciente»; el Kojiki lo llama también Hi-no-Kagutsuchi, el resplandeciente de fuego. La matanza es tan generativa como lo fue el nacimiento: ocho deidades salen de la sangre en la espada y en las rocas que salpica, y ocho más de los trozos del cuerpo, la mayoría dioses de montañas y del trueno que se junta sobre ellas. El fuego, despedazado, se convierte en el paisaje.
Lo demás se sigue de ahí. Izanagi baja a Yomi a recuperar a Izanami, rompe la única condición que ella pone al encender una luz para mirarla, y huye de lo que ve; el divorcio en el paso entre los vivos y los muertos es lo que fija la muerte en el mundo. El propio Kagutsuchi, cosa insólita en un dios muerto en la infancia, conserva un culto considerable: está consagrado en Atago y Akiba como la deidad a la que se suplica contra los incendios que periódicamente se llevaban barrios enteros de ciudades de madera, y en esos santuarios se pide a la misma potencia que mató a Izanami que se contenga.