Horus es el cielo mismo en forma de halcón: su ojo derecho es el sol, su ojo izquierdo la luna, y su envergadura son los cielos. Concebido tras el asesinato de su padre Osiris y criado en secreto entre los marjales de papiro, crece hasta disputar el trono de Egipto a su tío Seth en un largo ciclo de pruebas —a veces llamado las Contiendas de Horus y Seth— de fuerza, astucia y resistencia, en el que ambos dioses resultan heridos antes de que un tribunal divino falle finalmente a favor de Horus y Seth sea expulsado del poder.
Con Osiris vengado, Horus es entronizado como rey legítimo, uniendo el Alto y el Bajo Egipto bajo la doble corona. Cada faraón reinante es su encarnación viviente, del mismo modo que cada faraón muerto se convierte en un Osiris —la realeza en Egipto es, en esencia, un tránsito entre ambos dioses—. Horus no es una figura única y fija: como Horus Niño es el infante vulnerable que Isis protege; fusionado con el dios sol como Ra-Horajty, «Horus de los Dos Horizontes», se vuelve indistinguible de Ra al amanecer y al atardecer. Su ojo restaurado, el udyat, se convierte en uno de los símbolos protectores más perdurables de Egipto, llevado como amuleto tanto por los vivos como por los muertos.
“La forma tardía de la leyenda añade que Isis abanicó el cuerpo con sus plumas y produjo aire, y así, al fin, hizo que los miembros inertes de Osiris se movieran, y extrajo de él su esencia, de la cual engendró a su hijo Horus.” — E. A. Wallis Budge, Legends of the Gods (1912), introducción