Osiris gobernó antaño Egipto como rey viviente, enseñando la agricultura y la ley antes de que su hermano, envidioso, Seth lo asesinara —encerrándolo en un ataúd construido a su medida exacta y, en la versión más completa de la historia conservada por Plutarco, despedazando después el cuerpo y esparciendo sus pedazos por todo Egipto—. Su hermana y esposa Isis busca cada pedazo, lo restaura mediante magia ritual, y su breve reencuentro basta para concebir a su hijo Horus. Osiris no regresa a gobernar a los vivos; en cambio, desciende para convertirse en rey y juez de los muertos, presidiendo la sala donde cada corazón es pesado contra la pluma de Maat.
Esa muerte y ese retorno se convirtieron en la promesa central de la religión funeraria egipcia. Desde el Imperio Medio en adelante, cada difunto esperaba “convertirse en un Osiris”, pasando por la misma momificación, el mismo juicio y el mismo renacimiento que recibió el propio dios. Su piel, pintada de verde o de negro, lo señala como señor tanto del fértil limo negro y del grano que brota como del sepulcro —en su culto, muerte y cosecha son la misma idea vista desde dos direcciones.
“Homenaje a ti, Osiris, Señor de la eternidad, Rey de los dioses, cuyos nombres son múltiples, cuyas transformaciones son sublimes, cuya forma está oculta en los templos.” — Legends of the Gods, trad. E. A. Wallis Budge