El Ramayana se abre con Valmiki preguntando al sabio Narada si hay algún hombre vivo que reúna todas las virtudes a la vez, y la respuesta de Narada es el retrato de una sola persona, dado antes de que empiece la historia.
इक्ष्वाकुवंशप्रभवो रामो नाम जनैः श्रुतः । नियतात्मा महावीर्यो द्युतिमान्धृतिमान्वशी ॥१-१-८॥
«De la antigua estirpe de Ikshváku vino, / conocido en el mundo por el nombre de Rama: / de alma dominada, caudillo poderoso, / versado en la Escritura, resplandeciente de gloria.» — Valmiki, Ramayana 1.1.8; trad. inglesa de Griffith
Rama es el hijo mayor de Dasharatha de Ayodhya y el séptimo avatar de Vishnú, nacido para acabar con el rey demonio Ravana, a quien su gracia protege de dioses y demonios pero no de los hombres. La trama gira sobre una promesa antigua: Dasharatha concedió una vez dos dones a su reina menor, Kaikeyi, y ella los reclama en vísperas de la consagración de Rama —el trono para su propio hijo Bharata y catorce años de destierro en el bosque para Rama—. Rama parte ese mismo día, sin discutir, porque la palabra de su padre ha sido dada. Sita insiste en ir con él, Lakshmana lo sigue, y Bharata, al enterarse de lo que se ha hecho en su nombre, rechaza la corona y gobierna como regente con las sandalias de Rama sobre el trono.
En el bosque Ravana se lleva a Sita, y la segunda mitad de la epopeya es la búsqueda y la guerra: la alianza con el rey de los monos Sugriva, el salto de Hanuman a Lanka y el incendio de la ciudad, la calzada tendida sobre el estrecho y la larga batalla que termina con Ravana muerto. Lo que sigue a la victoria es lo que ha mantenido el poema en discusión durante dos milenios. Rama, restituido en Ayodhya, somete a Sita a una ordalía de fuego para responder a la duda pública sobre su cautiverio, y más tarde —en el séptimo libro, que muchos estudiosos consideran añadido posterior— la destierra de todos modos por un rumor. Ella da a luz a sus hijos en la ermita del propio Valmiki, y al final, cuando se le pide que se justifique una segunda vez, pide a la tierra que la recoja, y la tierra la recoge.
Se lo venera por todo el sur y el sudeste de Asia, y se lo recuenta en tantos registros como públicos hay: la versión tamil de Kamban, el Ramcharitmanas hindi de Tulsidas, el Ramakien tailandés, los ciclos javaneses de teatro de sombras. La fórmula que lo acompaña es maryada purushottama, el hombre ideal precisamente en el sentido de quien respeta los límites, y la tradición siempre ha estado dispuesta a contrastar ese ideal con lo que le cuesta a Sita.