Sita no tiene nacimiento, sino hallazgo. El rey Janaka de Mithila está arando un campo como parte de un rito cuando la reja saca a la luz a una niña, y él la toma por hija. Su nombre es la palabra misma que designa el surco.
अथ मे कृषतः क्षेत्रं लांगलादुत्थिता ततः ॥१३॥ क्षेत्रं शोधयता लब्धा नाम्ना सीतेति विश्रुता
«Una vez, mientras araba la tierra, apareció de pronto bajo la reja una niña que brotaba del suelo, llamada Sitá por su nacimiento secreto.» — Ramayana 1.66.13–14; trad. inglesa de Griffith
Como no es de nacimiento mortal, Janaka fija un precio que ningún pretendiente ordinario puede pagar: el arco de Shiva, que nadie ha logrado tensar. Rama lo rompe, y se casa con ella. Ella escoge después seguirlo a catorce años de destierro en el bosque en vez de quedarse en la comodidad, y es la primera de varias veces en que el poema la muestra decidiendo su propio caso.
El rapto se urde aprovechando su generosidad. Ravana llega a la ermita disfrazado de asceta errante; Sita, obligada por el deber de alimentar a un mendicante, cruza la línea protectora que Lakshmana ha trazado, y es llevada. Retenida un año en el bosque de Lanka, rechaza a Ravana de manera absoluta: amenazada, halagada y rodeada de demonias, no lo mira ni le habla directamente, y le dice a Hanuman cuando este la encuentra que no se dejará llevar ni siquiera por un rescatador, porque venir a buscarla es asunto de Rama.
Él viene, y vence, y luego hace aquello de lo que el poema no acaba de reponerse: le dice que es libre de ir adonde quiera, pues combatió por su honor y no por ella, y que ningún hombre puede recobrar a una esposa que ha vivido en casa ajena. Ella pide que se encienda una hoguera y entra en ella, y Agni se la devuelve intacta. Ni siquiera eso es el final. Años después, embarazada Sita, la murmuración de Ayodhya vuelve a alcanzar a Rama y él hace que la abandonen en el bosque, donde cría a sus hijos gemelos en la ermita de Valmiki. Cuando por fin manda llamarla y le pide un juramento público más, ella responde otra cosa: invoca a su madre para que la reciba, la tierra se abre, sube un trono, y es acogida abajo y no vuelve.
La forma griega de esto es Perséfone —una muchacha ligada al suelo, perdida para el mundo de arriba y solo en parte recuperable—, pero los finales corren en sentidos opuestos. Perséfone es negociada de vuelta dos tercios de cada año; Sita, ya vindicada dos veces, se niega en redondo a ser recobrada. La tradición posterior la identifica con Lakshmi, nacida en la tierra como nace la consorte de Vishnu allí donde él nace, y lee su desaparición como un regreso y no como una muerte.