Kali brota del ceño fruncido de Durga en el Devi Mahatmya, de piel oscura, demacrada y terrible, enviada a rematar batallas que ni los demás dioses ni las propias huestes de Durga logran ganar. Su momento más feroz llega frente al demonio Raktabija, que se reproduce a partir de cada gota de su propia sangre derramada; Kali lo derrota lamiendo la sangre antes de que toque el suelo, devorando uno a uno sus clones incesantes. Lleva una guirnalda de cabezas cercenadas y un cinto de brazos cercenados, con la lengua colgando de la boca, y en su imagen más célebre aparece de pie o danzando sobre el cuerpo postrado del propio Shiva, escena que la tradición explica de diversas formas: bien como su propio retroceso de espanto al descubrir a quién pisotea, bien como el poder divino en bruto (Shakti) que necesita bajo sí la quietud de la conciencia pura (Shiva) para quedar contenido.
Aun siendo temida, Kali es venerada también como una diosa madre de suprema ternura, sobre todo en Bengala, donde el poeta-santo Ramprasad Sen y el místico decimonónico Ramakrishna se dirigieron a ella con devoción abierta en los templos de Kalighat y Dakshineswar, en Calcuta. Esta dualidad feroz y maternal a un tiempo —devoradora de demonios, protectora de sus devotos— sigue siendo central en el modo en que se la venera hoy dentro del culto shakta, de forma más visible en el Kali Puja.
«De la superficie de su frente, escarpada por el ceño fruncido, surgió de pronto Kali de terrible semblante, armada con espada y lazo.» — Devi Mahatmya (Markandeya Purana) 87, tr. Frederick Eden Pargiter