Tot inventa la escritura y ocupa el cargo de escriba de los dioses, registrando las palabras pronunciadas en la creación y custodiando el archivo de todo cuanto ha sucedido desde entonces. Representado como un hombre con cabeza de ibis o, a veces, como un babuino, mide el tiempo como dios de la luna, fija el calendario y media en las disputas entre los dioses con una imparcialidad que lo vuelve indispensable incluso después de que Ra se retire del gobierno cotidiano del mundo. Sus propios orígenes varían según el centro de culto —Hermópolis, su sede principal, lo honraba como autocreado en los albores del tiempo, mientras que otras tradiciones lo hacen agente o hijo de Ra.
Su papel más trascendental se desarrolla en la Sala de las Dos Verdades, donde permanece junto a la balanza que pesa cada corazón contra la pluma de Maat y registra personalmente el veredicto. La magia egipcia es, por definición, invención suya: los hechizos funcionan porque él pronunció primero las palabras que dieron forma a la realidad, y todo mago que lo invoca reclama parte de esa autoridad. Los visitantes griegos lo identificaron más tarde con su propio Hermes, y en la figura sincrética de Hermes Trismegisto —“tres veces grande Hermes”— su fama de sabiduría oculta sobrevivió a la propia religión egipcia, alimentando directamente los textos herméticos de la Antigüedad tardía.
“Oíd este juicio. El corazón de Osiris ha sido en verdad pesado, y su alma se ha alzado como testigo a su favor; ha sido hallado verdadero en la prueba de la Gran Balanza. No se ha hallado en él maldad alguna.” — Libro de los Muertos: recensión tebana (1901), trad. E. A. Wallis Budge