La princesa de Bekhten
De todos los episodios de dioses lunares egipcios que este corpus conserva de Budge, solo uno muestra a Jonsu haciendo algo en vez de ser descrito — y ocurre lejos de Tebas, en un país que el rey de Egipto no tenía motivo cultual para visitar. El relato de Budge se abre con un país extranjero llamado Bekhten, a un viaje de «diecisiete meses» de Egipto, donde la joven cuñada del príncipe, Bent-reshet, ha caído bajo un espíritu maligno. Se envía primero a un escriba, que no logra curarla. Solo entonces se envía al extranjero el poder de la gran estatua propia de Tebas — consagrada allí como Khensu Nefer-hetep — en una imagen viajera que Budge llama «Khensu, que obra sus planes en Tebas», y es este segundo Jonsu, el viajero, quien hace la travesía.
encontró que Bent-reshet estaba poseída por un espíritu maligno; pero en cuanto hizo uso de su poder mágico el demonio la dejó y ella sanó al instante. Entonces aquel demonio habló a Khensu, y reconoció su poder, y habiéndole ofrecido su sumisión incondicional, pidió volver a su propio lugar — E. A. Wallis Budge, Los dioses de los egipcios (1904), vol. 2, sobre la estela de Bentresh
Lo notable es lo que hace el demonio a continuación: no la huida, no la derrota, sino la negociación. Habla con el dios, se somete a él, y pide licencia para retirarse. El príncipe de Bekhten queda tan agradecido, una vez sana su cuñada, que cuando el dios viajero decide por fin marcharse, el príncipe no quiere dejarlo ir — y lo retiene.
El halcón de oro
El príncipe retiene al dios «tres años, cuatro meses y cinco días» antes de que Jonsu, sin que nadie se lo pida, abandone el santuario que se le había construido.
por fin partió de su santuario y regresó a Egipto en forma de un halcón de oro — E. A. Wallis Budge, Los dioses de los egipcios (1904), vol. 2, sobre la estela de Bentresh
Sin flota, sin despedida formal, sin audiencia de adiós: el sanador simplemente cambia de forma y vuela a casa. Es la única descripción física que Budge da de Jonsu en todo el episodio — ni rostro, ni trono, ni regalía mientras se obra la cura misma, solo esta única transformación al final, dorada y aérea, que cubre en un instante la distancia que a una embajada humana le costaba «diecisiete meses» cruzar.
La forma del dios lunar
Fuera del relato de Bekhten, la descripción que Budge da del aspecto de Jonsu se lee más como catálogo que como retrato.
Las formas en que Khensu es representado en los monumentos son de considerable interés, y pueden describirse así. De pie o sentado en un trono, tiene por lo general el cuerpo de un hombre con cabeza de halcón; a veces, sin embargo, su cabeza es también la de un hombre. Lleva en la cabeza el disco lunar en una media luna, O, o el disco solar con un uraeus, o el disco solar con las plumas y un uraeus — E. A. Wallis Budge, Los dioses de los egipcios (1904), vol. 2
Se ofrecen tres tocados como alternativas, no fundidos en una sola figura — Budge está enumerando imágenes variantes, no describiendo un único atuendo. El cayado y el mayal, un envoltorio momiforme, un cetro, la trenza lateral de un joven: nada de eso está en esta descripción, y nada aquí debería leerse como si lo estuviera; son los atributos convencionales de relieves de museo posteriores, no los de Budge. Lo que Budge sí añade, en otro punto del mismo capítulo, es que algunas de las formas del dios son explícitamente las de un niño y no las de un hombre: Khensu-pa-khart, «Jonsu el Niño Pequeño», y Khensu-Hunnu, «Jonsu el Niño», que se relacionan con el Jonsu adulto tal como Harpócrates se relaciona con Horus. Eso es una afirmación sobre la juventud, no sobre un peinado que Budge nunca menciona — y encaja con el epíteto que cita la sección siguiente, no lo contradice.
Hijo de Amón, bello joven de Tebas
La descripción que Budge hace del rango cósmico de Jonsu y de su parentesco llega en la misma frase.
Era la segunda gran luz en los cielos, y era el «primer gran [hijo] de Amen, el bello joven, que se rejuvenece a sí mismo en Tebas» — E. A. Wallis Budge, Los dioses de los egipcios (1904), vol. 2
La primera gran luz es el sol; llamar a Jonsu la segunda ya lo sitúa, en la cosmología egipcia, justo debajo de Ra. La misma cláusula lo hace hijo de Amen sin más ceremonia. Budge escribe el propio nombre del dios como Khensu y el del padre como Amen en todo momento; esta entrada usa en cambio las formas modernas Jonsu y Amón, en consonancia con la página de este wiki dedicada a Amón, que ahora incluye a Jonsu entre sus hijos. El lado materno es más callado. Budge nunca escribe una sola frase que llame a Jonsu hijo de Mut; lo que sí escribe es que Mut es «la consorte de Amen», y que los tres forman una sola unidad, «Amen, Mut y Khensu con Tebas». Así es como esta entrada lee a Mut como su madre — la inferencia habitual a partir de una consorte nombrada más una tríada nombrada, no una frase a la que Budge se comprometa abiertamente. Esto choca además con un hecho ya registrado en este wiki: la propia entrada de Amón da a Ament, su compañera de la capa más antigua de los Textos de las Pirámides, como su consorte, mientras que el material tebano que produce a Jonsu solo habla de Mut. Ambas afirmaciones son de Budge; ninguna se descarta aquí para salvar a la otra.
Poder sobre los espíritus malignos
Bekhten dramatiza la sumisión de un demonio a Jonsu. Budge enuncia la doctrina detrás de ello en términos generales.
Este dios no solo regía el mes, sino que además se suponía que poseía un poder absoluto sobre los espíritus malignos que infestaban la tierra, el aire, el mar y el cielo, y que se volvían hostiles al hombre y atacaban su cuerpo bajo la forma de dolores, enfermedades y males, y producían decadencia, locura y muerte — E. A. Wallis Budge, Los dioses de los egipcios (1904), vol. 2
El poder que la estela de Bekhten narra como un caso único es, según esto, general y permanente — no una derrota lograda por la fuerza tanto como una autoridad que los espíritus malignos se ven obligados a reconocer dondequiera que actúen, en la tierra, en el aire, en el mar, en el cielo. Ramsés III construyó después a Jonsu un gran templo en Tebas en honor del dios lunar, y Budge encuentra al dios nombrado de nuevo bajo el epíteto «Nefer-hetep», en una estela distinta. El sanador enviado al extranjero para curar a una princesa foránea y el joven venerado en casa son, según el relato de Budge, el mismo dios bajo el mismo nombre.