Apolo nace en Delos, la única isla lo bastante pobre como para arriesgarse a la ira de Hera acogiendo a Leto. Lo alimentan con néctar y ambrosía en vez de leche, y las fajas del recién nacido no logran sujetarlo. Sus primeras palabras, en el Himno homérico, son una declaración de competencias.
εἴη μοι κίθαρίς τε φίλη καὶ καμπύλα τόξα, χρήσω δ᾽ ἀνθρώποισι Διὸς νημερτέα βουλήν
«Séanme siempre queridos la lira y el arco curvo, y declararé a los hombres la voluntad infalible de Zeus.» — Himno homérico 3, A Apolo 131–132; trad. inglesa de Evelyn-White
La lira y el arco, nombrados de un tirón, son él por entero. Es el dios de la música, la medida y la proporción, y es también el arquero cuyas flechas traen la peste: la Ilíada se abre con Apolo bajando del Olimpo, con su llegada comparada a la caída de la noche, para disparar sobre el ejército griego durante nueve días porque Agamenón ofendió a su sacerdote. El dios que impone el orden es el mismo que puede retirarlo, y los griegos no lo vivían como una contradicción.
Va a Delfos, mata a la serpiente que guarda el lugar y se hace cargo del oráculo que había sido de Gea. Desde entonces habla en nombre de Zeus a quien pague —y el registro de esa habla es un catálogo de afirmaciones exactas que arruinaron a la gente—. A Creso le dicen que si ataca destruirá un gran imperio, y destruye el suyo. A Layo le dicen que su hijo lo matará, y toma las precauciones que lo garantizan. A Casandra, que lo rechazó, le da profecía verdadera y la maldición de que nadie la crea. Apolo no miente; el fallo está siempre en el oído. Sus dos máximas délficas —conócete a ti mismo y nada en exceso— se leen menos como consuelo que como instrucciones para sobrevivir al contacto con él.
Su vínculo con el sol es real pero secundario. En Homero y Hesíodo el sol es Helios, un dios aparte que lo conduce; Apolo adquiere la identificación más tarde, a través del epíteto Foibo, «brillante», y de la alegoría filosófica del siglo V, hasta que en época romana Apolo sencillamente es el sol. A su hermana le ocurre lo mismo con la luna. Es un recordatorio útil de que un panteón no es un organigrama fijo: los griegos estuvieron reasignando carteras durante ochocientos años, y la versión ordenada que la mayoría hereda es una instantánea tardía de un reparto en movimiento.