Hestia es el hogar —no una diosa que posee hogares, sino el fuego mismo, al que se dirige la palabra—. Es la hija mayor de Crono y Rea, lo que la convierte a la vez en la primera tragada y, puesto que Crono los devolvió en orden inverso, en la última en salir: a los griegos les gustaba decir que era la más vieja y la más joven de los dioses al mismo tiempo.
Casi no tiene relato. No hay rapto, ni disputa, ni aventura. La única historia que se cuenta de ella es una negativa: Poseidón y Apolo la pretendieron, y ella juró por la cabeza de Zeus permanecer sin casarse, y recibió a cambio el centro de la casa y la primera porción de todo sacrificio. Eso es todo. En un cuerpo de mitos construido con apetito y agravio, ella es la figura que se define por declinar la participación.
Ἑστίη, ἥ τε ἄνακτος Ἀπόλλωνος ἑκάτοιο Πυθοῖ ἐν ἠγαθέῃ ἱερὸν δόμον ἀμφιπολεύεις, αἰεὶ σῶν πλοκάμων ἀπολείβεται ὑγρὸν ἔλαιον· ἔρχεο τόνδ’ ἀνὰ οἶκον, ἐπέρχεο θυμὸν ἔχουσα σὺν Διὶ μητιόεντι
«Hestia, tú que atiendes la casa sagrada del soberano Apolo, el que hiere de lejos, en la muy divina Pito, y de cuyos rizos gotea siempre un aceite suave: ven ahora a esta casa, ven teniendo un mismo ánimo con Zeus el prudente.» — Himno homérico 24, A Hestia 1–5; trad. inglesa de Evelyn-White
Su ausencia de los relatos es inversa a su presencia en la práctica. Toda comida empezaba y terminaba con ella; la expresión proverbial ἀφ᾽ ἑστίας ἄρχεσθαι, «empezar por el hogar», significaba comenzar por donde una cosa debe comenzar —Platón se la hace usar a Sócrates, con ironía, en el Eutifrón, a propósito de una acusación que empieza por casa—. Toda ciudad mantenía un hogar público en el pritaneo cuyo fuego jamás se dejaba apagar, y los colonos que zarpaban a fundar una ciudad nueva llevaban brasas de él, de modo que el fuego de la ciudad hija fuera físicamente continuo con el de la madre. A un suplicante que alcanzaba el hogar no se lo podía apartar de él. Hestia es lo que una casa griega y un Estado griego tenían en lugar de una piedra fundacional.
Por eso también es difícil de representar, y por eso falta a menudo en la lista canónica de los doce: algunas versiones la sustituyen por Dioniso. Rara vez se le da un rostro propio en el arte, porque aquello que ella es ya estaba en la habitación. Donde otros dioses son representados, ella simplemente está presente: un fuego que alguien tiene que mantener encendido, y que deja de ser una ciudad en el momento en que se apaga.