El nombre significa algo así como «el que va por encima», y ahí se agota casi todo él. Hiperión no tiene mito. No intriga, no sufre, no se transforma ni acaba castigado; es un titán de la primera generación que existe en el registro casi exclusivamente para que tres cosas puedan descender de él. Hesíodo le dedica cuatro versos y sigue adelante.
Θεία δ᾽ Ἠέλιόν τε μέγαν λαμπράν τε Σελήνην Ἠῶ θ᾽, ἣ πάντεσσιν ἐπιχθονίοισι φαείνει ἀθανάτοις τε θεοῖσι, τοὶ οὐρανὸν εὐρὺν ἔχουσι, γείναθ᾽ ὑποδμηθεῖσ᾽ Ὑπερίονος ἐν φιλότητι
«Y Tea, sometida en amor a Hiperión, dio a luz al gran Helios (el Sol) y a la clara Selene (la Luna) y a Eos (la Aurora), que alumbra a cuantos están sobre la tierra y a los dioses inmortales que habitan el ancho cielo.» — Hesíodo, Teogonía 371–374; trad. inglesa de Evelyn-White
Sol, luna y aurora, de una sola pareja, en una sola frase. Es el trozo de genealogía más pulcro del poema, y explica por qué Hiperión tenía que existir: las tres grandes luces regulares debían proceder de algo estructuralmente anterior a los olímpicos, porque a ojos vistas eran más viejas que cualquier arreglo político del Olimpo.
Después el padre queda absorbido por el hijo. Homero usa «Hiperión» como nombre del sol mismo —la tripulación de la Odisea perece por comerse las vacas de Hiperión Helios, y los etíopes viven repartidos entre el ocaso y el orto de Hiperión, donde ya no se ofrece ningún segundo nombre—. Lo que empezó como patronímico va camino de volverse epíteto, y luego simplemente una palabra para el sol. Es el caso más claro que sobrevive en griego de un dios devorado por la descripción del puesto de su propio descendiente. Aparece una vez como él mismo en Homero, y aun así de refilón: Zeus le dice a Hera que su cólera le trae sin cuidado, ni aunque se fuera a los confines de la tierra y del mar, donde Jápeto y Crono están sentados sin gozar de los rayos de Hiperión Helios ni de los vientos. Hiperión nombra la luz que los titanes presos no pueden ver.
Vale la pena contrastar el arreglo griego con Egipto y Japón, donde el sol es el soberano: Ra gobierna, y de Amaterasu desciende el linaje imperial. En Grecia la maquinaria celeste se dejó en manos de la administración anterior y nunca se recuperó. Zeus se queda con el rayo, con el cielo como clima y como política, con el trono; el sol sigue dando vueltas por su cuenta, conducido por el hijo de un titán que no es de los doce y no interviene en sus asuntos. Solo mucho después, y nunca en Homero ni en Hesíodo, empieza Apolo a absorber a Helios y a devolver el sol a la familia olímpica.