Una titánide de la primera generación
Tea es una de los doce titanes, hija de Urano y Gea, nacida en la misma generación que Crono y Rea, Océano y Tetis, Jápeto, Temis y Mnemósine. La Teogonía de Hesíodo la sitúa en ese catálogo y la empareja, sin mayor comentario, con su hermano Hiperión —una de varias parejas entre hermanos titanes, y la que da origen a las tres grandes luces del cielo. Más allá de ese emparejamiento, el poema no le dedica ninguna mención propia: ni un epíteto, ni un episodio, nada que la distinga del resto de la lista en la que aparece.
Madre del Sol, la Luna y la Aurora
Lo que la Teogonía sí le concede son hijos, y solo en compañía de Hiperión. En los mismos cuatro versos ya dedicados a él, el poema añade que Tea dio a luz a Helios, Selene y Eos —sol, luna y aurora, entregados en un solo aliento y nunca vueltos a mencionar. Es el único acto que se le atribuye en toda la obra de Hesíodo, y es menos un acto que un hecho referido sobre ella: tres de las luminarias permanentes del cielo se remontan a una madre que, por lo demás, no deja huella alguna en el poema.
Conocida por lo que se le debe
La otra aparición de Tea es de naturaleza distinta, y la más reveladora de las dos. Al comienzo de su quinta oda ístmica, Píndaro se dirige a ella directamente —no para narrar nada que ella haga, sino para nombrarla la razón por la que el oro pesa más que cualquier otro metal, y la razón por la que naves y tiros de caballos se esfuerzan unos contra otros por el honor que solo ella puede conceder:
μᾶτερ Ἁλίου πολυώνυμε Θεία , σέο ἕκατι καὶ μεγασθενῆ νόμισαν χρυσὸν ἄνθρωποι περιώσιον ἄλλων : καὶ γὰρ ἐριζόμεναι νᾶες ἐν πόντῳ καὶ ὑφ᾽ ἅρμασιν ἵπποι διὰ τεάν , ὤνασσα , τιμὰν ὠκυδινάτοις ἐν ἁμίλλαισι θαυμασταὶ πέλονται
«Madre del Sol, Tea de muchos nombres: por ti los hombres tienen el oro por más poderoso que todo lo demás; pues las naves que rivalizan en el mar y los caballos uncidos a los carros, por el honor que es tuyo, oh soberana, se glorifican en la veloz y arremolinada contienda.» — Píndaro, Ístmica 5.1–8; trad. inglesa de Myers
Aquí no hay ninguna escena. Píndaro nunca dice qué aspecto tiene Tea, dónde se encuentra, ni qué hace mientras los hombres valoran el oro y hacen correr a sus tiros por la gloria; los verbos están todos en presente general, no en pasado narrado. Se la invoca, se la llama «soberana», y se le atribuye —dos veces, una por el oro y otra por el honor por el que se libran los certámenes— un efecto sobre el mundo, no una hazaña dentro de él. Es lo más parecido a un momento definitorio que tiene Tea, y la define por lo que se le debe, no por nada que se la muestre hacer.
Una figura sin retrato
Entre los dos pasajes conservados, Tea nunca recibe una descripción. Ninguna fuente le da una vestimenta, una postura, un gesto o un objeto en la mano, como sí ocurre con cada uno de sus hijos: Helios con su carro, Selene con su corona de oro, Eos con su trono dorado. Lo que tiene en su lugar es un dominio por implicación: el cielo resplandeciente al que pertenece como titánide, el sol del que nacen sus hijos, el oro y la corona que Píndaro dice que existen, en cierto sentido, gracias a ella. Tea no es una figura que hace algo y por ello se la recuerda. Es un nombre al que se atribuyen efectos, debido y no presenciado: una madre, un origen y una soberana a la que un poeta se dirige sin decir jamás qué aspecto tenía mientras le hablaba.